En mayo de 2019 se estrenó la miniserie de coprodución angloamericana Chernobyl (HBO, 2019) escrita por Johan Renck (“Breaking Bad”, The Walking Dead”,..) y dirigida por Craig Mazin (“Resacón en Las Vegas”, …). Al poco de estrenarse subió al nº 1 del “ranking” de los 250 “TV shows” mejor valorados de la Historia en casi todos los portales especializados. En IMDb dio la puntuación record de 9.7.

Chernobyl es una serie de género mixto (cine de desastres, recreación histórica, horror, drama humano,.. ) en la que, según un redactor de “The Guardian”, “todo funciona bien”. Casi toda la crítica coincide en esta valoración y, aunque señale licencias históricas o invenciones en la serie, celebra “su crítico abordaje del poder que reside en la información” o “las consecuencias de la ocultación y la mentira política”; la “denuncia del oscurantismo del poder con los ciudadanos”; la convincente presentación de “la angustia de los afectados por la desinformación”;  o “el heroísmo y la entrega de algunos seres humanos (bomberos y mineros en este caso) cuando las calamidades amenazan a la colectividad”.

Hay alguno al que no ha gustado tanto y ha dicho que los personajes le parecen esquemáticos, huecos y sin desarrollo; que hay demasiadas concesiones a las apuestas seguras de las ideologías “de moda” (ambientalismo, animalismo, discriminación positiva por el género, maniqueísmo político, sobrevaloración de lo “científico”,..) y que funciona como un instrumento de infiltración ideológica. Un columnista de “Pravda” ha protestado porque, en su opinión, no muestra lo más importante de la historia: “la victoria de los hombres sobre la catástrofe”.

Otros, incluso, se han enfadado y han llevado las cosas más lejos: las autoridades rusas han anunciado causas penales contra el director, el guionista y el productor ejecutivo de Chernobyl por calumnia pública. La cadena rusa NTV ha anunciado una réplica “real” que dirigirá el ruso Alexey Muradow. Parece que en esta nueva serie el sistema soviético no será el “gran villano” y que incluso hay un papelito para un agente de la CIA que, según los rusos, andaba por allí.

En otro orden de cosas, los cinéfilos han señalado aciertos artísticos en Chernobyl , por ejemplo, su habilidad para representar el horror corporal (que recuerda al cine de David Cronenberg) o para integrar alguna escena en la que mineros y bomberos parecen salidos de una película de “zombies” de George A. Romero.

Los hechos que vertebran la serie sucedieron el 26 de abril de 1986 con la explosión e incendio de la central nuclear “Vladimir Illich Lenin” de Chernobyl, al norte de Ucrania, y el consiguiente desastre medioambiental a que dio lugar, uno de los mayores de la Historia reciente. Las causas y desarrollo de la catástrofe se han discutido mucho por los expertos y todavía no parecen aclaradas del todo. Dicen las hemerotecas que el día previo a la explosión se inició un test que requería reducir la potencia de la central. Una serie de decisiones inadecuadas de los responsables de las maniobras dieron lugar al sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor nº 4 que terminó por explotar una o dos veces, volando la tapa del reactor y dando lugar a un incendio generalizado y a una gran nube radiactiva que se extendió ampliamente por Europa y América del Norte.

La explosión causó la muerte inmediata de 2 personas y otras 29 más en los días sucesivos, obligo a la evacuación urgente de más de 100.000 personas y generó una enorme alarma en muchos países de la Europa Central, del Norte y Oriental. Tras la catástrofe, el gobierno soviético inició un proceso masivo de descontaminación, contención y mitigación de daños en el que hubo de emplear a 600 000 efectivos militares y civiles denominados “liquidadores” que actuaron en un área de 30 km de radio alrededor de la central, todavía conocida como “zona de alienación”.

El accidente liberó a la atmosfera toneladas de radionúclidos a los cuales quedaron expuestos millones de personas en Ucrania y en países limítrofes. Finalmente 350.000 personas tuvieron que ser reubicadas. Poco después de la explosión se construyó un “sarcófago” que aisló el reactor contaminante. La comunidad internacional financió el carísimo cierre definitivo de la central en el 2000. En 2004 la empresa francesa Novarka inició la construcción de un “nuevo sarcófago seguro” que se terminó en 2016 y que ahora cubre la central con un servicio útil estimado de 100 años. Su reciente inauguración (julio, 2019) se ha anunciado como una atracción turística por el gobierno ucraniano.

Como era de esperar, la comunidad internacional se expresó de múltiples formas ante esta catástrofe y la gestión que las autoridades soviéticas hicieron de ella. En el último capítulo de la serie se menciona la siguiente frase atribuida a Mijail Gorvachov, a la sazón presidente de la URSS: “la catástrofe de Chernobyl fue quizá la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética”.

En el imaginario popular el desastre de Chernobyl permanece como un motivo ominoso, temido y recurrente. El libro de estilo documental “Voces de Chernobyl” de la premio Nobel de literatura en 1997 Svetlana Alexievich es acaso la referencia literaria más conocida de esta catástrofe.

El “Foro de Chernobyl” celebrado en 2006 calculó que unos 5.000.000 de personas vivían en áreas contaminadas por la radioactividad liberada en Chernobyl. De ellas, 400.000 lo hacían en áreas “altamente contaminadas”. No hay trabajos concluyentes sobre la incidencia real de morbi-mortalidad en las poblaciones expuestas. Los “liquidadores” que trabajaron en la zona de abril a octubre de 1986 y las mujeres expuestas que estaban embarazadas en ese periodo, y sus hijos, fueron identificados como las poblaciones con mayor riesgo de salud.

Con el paso de los años, el efecto más claro de enfermedad resultó ser el incremento hasta 6000 casos de cáncer de tiroides en menores de 18 años (una enfermedad no muy frecuente en este estrato poblacional). En 2011 se comprobó también un incremento de las tasas de leucemia y otras enfermedades hematológicas malignas, cáncer de tiroides y cataratas en cohortes de “liquidadores”.

Pero el informe del Forum de Chernobyl (Editorial, 2005) emitido por la OMS y la Agencia de Energía Atómica Internacional, ya había señalado que el mayor problema de salud generado, a la altura de todo el resto de problemas médicos, sería de salud mental y en relación con la exposición, la relocalización, el estigma, la victimización y otros problemas psico-socio-somáticos en las poblaciones afectadas en Ucrania, Rusia y Bielorrusia. El informe señalaba también la alarmante falta de información que había acerca de todo ello. Los pocos estudios científicos publicados después en Occidente sobre salud mental tras el desastre de Chernobyl están muy lastrados por sesgos y limitaciones metodológicas y  sus resultados resultan muy discrepantes, por ejemplo: en uno se señala el incremento en los expuestos de trastornos depresivos, por ansiedad, estrés postraumático, neurocognitivos, patología cerebrovascular y alcoholismo (Bromet,y otros 2012);  en otro, realizado en “liquidadores”, solo resultaba estadísticamente significativo el incremento del suicidio (Laidra y otros 2017); en otro se encontró un incremento de alcoholismo en los hombres y de trastorno  explosivo intermitente en las mujeres y en ambos una “percepción de peor salud” incluso en los que, simplemente, pensaban que habían estado expuestos sin haberlo estado (Bolt y otros.,  2018).

Algunos autores que han dedicado años al estudio de los problemas de salud mental derivados de la tragedia de Chernobyl (Havenaar y otros, 1997) han señalado la diferencia entre las previsiones iniciales de los expertos (incremento de las tasas de depresión mayor, trastornos de ansiedad, trastornos de estrés, trastorno de estrés postraumático y síndromes somáticos funcionales) y las encontradas con el paso de los años, que fueron de bastante menor entidad (Havenaar y otros, 2016). A la vez,  los autores de este último artículo advierten que la salud mental de las poblaciones con mayor riesgo “a priori” – los “liquidadores” y madres embarazadas y sus hijos –  seguían sin ser convenientemente estudiadas y atendidas y proponían asociar a sus historias clínicas un registro de su estado mental; se quejaban también de que, durante años, nadie había escuchado sus propuestas a pesar de la importancia del problema y de que ningún investigador internacional había participado en los pocos estudios realizados sobre la salud mental en la población afectada  (a diferencia, por ejemplo,  de los estudios oncológicos). De un modo también significativo, los autores terminan su artículo diciendo que “los “problemas psicológicos se habían disparado alimentados por la exageración del peligro de comunidades médicas locales y de los gobiernos vigentes y que las compensaciones financieras, médicas y educativas, asociadas a la acción voluntariosa de monitores de organizaciones locales e internacionales, habían podido contribuir a la victimización y al incremento yatrógeno del malestar psicológico”, todo ello, naturalmente, al margen del beneficio que hubiesen producido en sí mismas todas aquellas acciones y medidas.

El reto de identificar a los individuos psicológicamente vulnerables tras la catástrofe de Chernobyl, sin sobrevalorar el efecto directo de la exposición radiactiva, ni contribuir a conformar una cultura de victimización y dependencia ha sido señalado en ésta como en otras catástrofes nucleares (Bromet, 2012) o no.

Finalmente, no sé si inútil, pero si aguda y persistentemente, Havenaar y otros (2016) señalan el interés científico que tendría estudiar el trastorno de estrés postraumático en los soldados combatientes en el frente Este de la reciente Guerra de Ucrania con Rusia, teniendo en cuenta que muchos de ellos estaban en su treintena y que formaban parte, precisamente, de la cohorte expuesta intrautero a las radiaciones en Chernobyl.

Otras disciplinas diferentes de la psiquiatría han tenido más suerte y han conseguido aportar resultados más aprovechables o alentadores sobre esta catástrofe. Al parecer, la contaminación radiactiva no es una función tan directa de la distancia al foco de la liberación de isótopos como uno podría pensar tras ver la serie y escuchar los argumentos del ingeniero nuclear Legasov (por cierto, estupendamente encarnado por Jared Harris). Un artículo reciente de Beresford y otros (2016) destaca, por ejemplo, que se ha aprendido mucho sobre la caracterización y el comportamiento de las “partículas calientes” en ambientes naturales; sobre la importancia de los ecosistemas seminaturales en las dosis que alcanzan al ser humano; sobre el desarrollo y la aplicación de remedios contra las radiaciones; y sobre la fijación y el efecto biológico de los radioisótopos sobre los animales y las plantas.

En los últimos años se ha confirmado una reconfortante aparición en la zona de osos pardos, bisontes, caballos salvajes de Przewalski, lobos, linces, alces, castores, nutrias  y otros muchos animales pequeños y múltiples plantas (Deryabina, 2015). El biólogo español Germán Orizaola, que ha trabajado 4 años en Chernobyl dice haber disfrutado allí de “uno de los cielos más limpios y tranquilos del mundo” en las noches que pasaba buscando una especie particular de ranas que vive en las charcas de la zona. Quizá algo de todo esto aparecerá en la película de Muradow. A la vista de la bibliografía, es menos seguro que la serie rusa aborde con solvencia los problemas de salud mental derivados de la catástrofe. La serie angloamericana – salvo esa sobria escena en la que el ingeniero nuclear Legasov se suicida por ahorcamiento – los omite clamorosamente. Los problemas de esta índole que se activaron en la catástrofe de Chernobyl son complejos, ambiguos y tan difíciles de estudiar científicamente como de insertar en una trama cinematográfica. Demasiado humanos.

 

 

Bibliografía

– Beresford NA y otros. Thirty years after the Chernobyl accident: what lessons have we learned?. J Environm Radioact 2016; 157:77-89

– Bolt MA y otros. The association between self reported exposure to Chernobyl nuclear disaster zone and mental health disorder in Ukraine. Frontiers in Psychiatry, 2018; 9 (artículo 32) 1-7.

– Bromet EJ. Mental health consequences of the Chernobyl disaster. J Radiol Prot 2012; 32: 71-75

– Deryabina TG. Long term census reveal abundant wildlife population at Chernobyl. Current Biology 2015; 25: 816-826

– Editorial de Lancet (anónimo). Mental Health Effects of the Chenobyl disaster live on; Lancet 2005; 336: 958

– Havenaar JM y otros. Long-term mental health effects of the Chernobyl disaster: an epidemiological survey in three former Soviet Union Regions. Am J Psychiatry 1997; 154:1605-1607.

– Havenaar JM y otros. The 30 year mental health legacy of the Chernobyl Disaster. World Psychiatry 2016; 15: 181-182

– Laidra K y otros. Mental disorders among Chernobyl clean-up workers from Estonia: a clinical Assessment. Psychol Trauma 2017; 9: 93-97

– The Chernobyl Forum: 2003-2005. Chernobyl´s legacy: health, environmental and socioeconomic impacts. Vienna: International Atomic Energy Agency, 2006