Uno de los principales problemas que nos encontramos en el abordaje de distintas enfermedades o trastornos son precisamente las barreras para acceder a los recursos. Estas pueden ser de tipo físico, económico, geográfico o incluso psíquico o social.

En los trastornos adictivos estas barreras son esencialmente psíquicas y sociales, ya que pesa sobre este tipo de trastorno una losa denominada estigma que hace difícil el acceso a los tratamientos, de hecho, según la sustancia o la conducta solo acceden al tratamiento un 10 o 20% de los candidatos a intervención terapéutica.

Pero ¿qué es el estigma y porqué se da en estos casos? Desde hace tiempo sabemos que los pacientes con enfermedades infectocontagiosas, peste, lepra o VIH o VHC, más recientemente tienden a ser rechazados por la sociedad por miedo al contagio y han sido señalados y apartados en muchas ocasiones. Esta simbólica marca de rechazo es lo que denominamos estigma.

Actualmente, observamos la misma actitud con los pacientes con trastornos mentales severos, y cómo no hacia los pacientes con trastornos adictivos.

El consumidor de alcohol puede ser gracioso, hasta cierto punto, luego es molesto, el de cocaína, en un momento de fiesta, es un tío enrollado, pero cuando el consumo lo atrapa es una persona con muchos líos y deudas, y no digamos de los que consumen heroína, hay que huir de ellos, pensaría alguien.

Algunas de estas personas además de su Trastorno por Uso de Sustancias, pueden presentar otros trastornos mentales, o neurológicos o alguna de las enfermedades infecciosas antes comentadas, además de sus comportamientos anómalos cuando van “colocados” o “puestos”. Y son ninguneados, excluidos o apartados. Lo que es igual a decir estigmatizados.

Pero el estigma tiene varias caras, por un lado, hasta lo ahora comentado, que podríamos denominar “estigma social”, habría que añadir el estigma familiar, ya que en muchos casos son sus seres cercanos, los más queridos, los que se avergüenzan y esconden este tipo de conductas, impidiendo así un correcto abordaje terapéutico.

Por otro lado, el estigma asistencial, ya que desde el punto de vista socio-sanitario, la atención y enfoque no es siempre el correcto, porque en ocasiones resultan ser pacientes molestos, a los que se les señala como personas que se han buscado ellos mismos el problema, demostrando un absoluto desconocimiento de la etipatogenia de este tipo de trastorno y del proceso adictivo, en que influyen factores individuales, como el carácter, la comorbilidad psiquiátrica, el metabolismo, pero también factores socioambientales, educativos y psicológicos como la conducta. Por lo que tampoco llegan a ser atendidos de forma correcta, en un porcentaje importante de ocasiones.

Y en tercer lugar y, no por ello menos importante, y en parte derivado de los dos anteriores, no podemos descartar el autoestigma, y es que la propia persona, consciente en muchas ocasiones de la situación de deterioro  a la que va llegando, se siente culpable y se avergüenza de su propio comportamiento, por ello tienda a apartarse, a no pedir ayuda, sin entender exactamente lo que le ocurre y viéndose incomprendido en algunas ocasiones y acosado en otras, por las exigencias de su entorno.

Pero la adicción es más fuerte que su voluntad, el trastorno adictivo no es cuestión de voluntad, ya que no estamos hablando de un vicio si no de una enfermedad a la que denominamos trastorno, al no existir una causa definida ni única que explique el que una persona pueda convertirse en adicto, son variadas y en cada cual puede tener distinto peso para considerar que es lo que provoca la adicción.

Es una enfermedad con una etiología, bio-psico-social, que podemos diagnosticar, tratar y pronosticar. Pero para lo que se precisan unos recursos socio-sanitarios específicos, homogéneos en todo el territorio español, coordinados y administrativamente dependientes de la red pública sanitaria.

Ese sería un camino para luchar contra el estigma, pero además la Sociedad precisa de una información veraz, real y científica que permita comprender que cualquier persona, independientemente de la enfermedad que tenga, tiene derecho a una atención digna y a que pueda cubrir sus necesidades básicas como ser humano, solo de esta forma conseguiremos una Sociedad madura, capaz de enfrentarse a este fenómeno que persiste a lo largo de los años, aunque vaya cambiando el perfil del consumidor, o el tipo de sustancia o conducta.

Tenemos fármacos adecuados al tratamiento, intervenciones psicológicas con evidencia científica y aunque escasos, recursos sociales para permitir que la persona vaya adelante. Solo es necesaria la comprensión y compromiso de todos.