´`,El modo en que la enfermedad mental de un artista condiciona su creatividad es motivo frecuente de ensayo literario y hasta de estudio científico. La manera en que el trastorno mental de un allegado condiciona la obra de un artista lo ha sido mucho menos.

 

El pintor francés Pierre Bonnard (1867-1945) es universalmente reconocido por un particular uso del color y por una concepción del espacio muy elaborado y original. Su obra (Picasso lo tuvo por un “impresionista anacrónico”) refleja habitualmente escenarios y asuntos domésticos en los que los expertos (Watkins, 1994;  Kimmelman, 2005) han visto, por ejemplo, que “las formas surgen, a veces de la superficie de un color reflejado”; otras que “es el propio color el que sale de los cuerpos”;  que “una ventana se abre al color, mas que a la vista que ofrece”; o que  “los objetos resultan islas en mares de color.

 

La apertura creativa a los estímulos de un entorno se ha relacionado con la supresión de la “inhibición latente” (Lubow, 1973; Chirila y Feldman 2012), el proceso psicológico/neural por el que cada cual selecciona lo que le interesa del medio en que está y deja de percibir lo que carece de interés o utilidad para él.  Como es sabido, la creatividad de Bonnard estuvo muy concentrada en un número muy reducido de escenarios y de modelos  de los que se sirvió una y otra vez.

 

Bonnard pintó infinitas veces a Marie Bourson (1869-1942). La había conocido en 1899 bajando de un tranvía en Paris, donde trabajaba en una fábrica de flores artificiales. Le atrajo su “élfica fragilidad”; la abordó, le propuso trabajar de modelo para él; luego se hicieron amantes y ya estuvieron juntos para siempre. Al principio, eran una pareja discreta que vagabundeaba por pueblos remotos y hoteles baratos de Francia y de otros lugares. Después se instalaron en  la preciosa ciudad de Le Cannet, en los Alpes Marítimos, donde vivieron hasta la muerte de Marie.

 

Marie tuvo siempre una salud mental precaria y su personalidad, protegida por la discreción y el aislamiento social de la pareja,  sigue siendo un misterio, incluso para los especialistas (Cloarec, 2016). Al parecer, padecía una vergüenza anormal que le llevaba a evitar todo tipo de contactos sociales. Personas que la trataron la describen como “nerviosa, hipocondriaca, celosa, paranoica y misántropa”. Durante bastante tiempo había estado enferma de tuberculosis. Extrañamente, ocultaba su origen humilde bajo el nombre de Marthe de Meligny (que le parecía mas notable y conveniente).

 

Por  convivir con ella, Bonnard llevó una vida solitaria, casi circunscrita a los entornos domésticos que compartían. De uno u otro modo, las limitaciones de Marthe catalizaron el trabajo de Pierre impulsándolo a la construcción de un “paraíso intimo” (Watkins, 2005) pictórico que, finalmente, le llevó a la posteridad.

 

Pierre pintó incansablemente a Marthe, nunca del natural, siendo siempre joven, como embalsamada en su memoria: en la mesa, mirándose en un espejo, desnuda muchas veces, bañándose, secándose, en el jardín, en el comedor…  Han dicho los críticos que “si Degas mantenía una distancia clínica con sus modelos, Bonnard se proyectaba directamente en las imágenes de Marthe”. Incluso en cuadros en los que parece que ella no está, “hace notar su presencia pintando solo su rodilla o su mano”.

 

Bonnard la quería y la cuidaba, pero también la temía y la engañaba.  Con Renée Monchaty, una modelo rubia y lozana con ojos de color esmeralda, antítesis física y mental de Marthe, se fue de viaje a Roma hacia 1920.  Sin embargo, nunca abandonó a Marthe. Siempre volvía a ella.

 

Tras el suicidio de Renée en 1925, Bonnard se concentró aún mas en Marthe y en sus rutinas y pintó buena parte de sus mejores cuadros sobre ella. Al morir Marthe en 1946, Pierre cerró su habitación y no la volvió a abrir nunca más. Luego siguió pintándola de memoria, después de muerta.

 

Michael Kimmelman llama la atención sobre el cuadro “Jeunes femmes au jardín” que representa a Rennée Monchaty sentada en una mesa, en un giro que destaca voluptuosamente su figura, sonriendo, envuelta en un sugestivo halo amarillo. Sólo después de fijarnos en la atractiva Renée, reparamos en el vistoso mantel  rayado que cubre la mesa, en el frutero y los frutos rojos y amarillos, en los sugestivos azules del respaldo de la silla. Pero oblicua a Renée, abajo a la derecha, hay otra figura de perfil, con el pelo oscuro, misteriosa y apagada, casi pasa desapercibida. Renée no la mira directamente. Es Marthe, dice Kimmelman,  “el reloj estaba parado en ella”.

 

Bibliografía

  •  Cloarec F. L´indolente. Le mystère Marthe Bonnard. Paris: Stock, 2016
  • Kimmelman M. The Accidental Masterpiece. On the Art of Life and Viceversa. New York: Penguin Books, 2005
  • Lubow RE. Latent inhibition. Psychological Bulletin 1973; 79: 398
  • Watkins N. Bonnard. New York: Phaidon, 1994